Francisco Alcaide Hernández

Tuesday, February 28, 2006

Management Español: Libros Imprescindibles

Publicado en Executive Excellence, nº 24, septiembre 2005

Un investigador afirmaba en cierta ocasión que “todo está en los libros”. Si no todo, diríamos, que casi todo. La experiencia enseña muchas cosas, pero los libros, también: “teoría sin práctica, utopía; práctica sin teoría, rutina”.

Cultivar el hábito de la lectura como fuente de “ventaja competitiva” en las organizaciones sigue siendo a día de hoy una asignatura pendiente entre nuestros directivos. Su práctica, sin embargo, estimula la creatividad, impulsa la puesta en marcha de nuevas iniciativas, aclara las ideas y permite salvar los escollos con mayor agilidad, aspectos todos éstos de especial relevancia en el ámbito de las entidades mercantiles.

Es frecuente oír citar la falta de tiempo como uno de los principales males que amenazan la actividad directiva diaria. El día a día de las compañías absorbe lo mejor de sus mandos. Al final de la jornada, poco tiempo queda para nada más. En fines de semana y vacaciones, cuando el tiempo se estira algo más, son los ataques de pereza los que dificultan la labor de la lectura.

Todo, sin embargo, es cuestión de prioridades, y la lectura, si uno aspirar a ocupar puestos de gobierno, debería ser una de ellas. Las certezas, con no poca frecuencia, se encuentran en los libros.

No se trata de leer cualquier cosa, sino textos que merezcan la pena. Dentro de esas posibilidades, hay una temática –sin olvidar otras- que no puede faltar en la biblioteca de un directivo: el management. A dirigir, como a casi todo, también es necesario aprender y/o mejorar.

Aquí se recogen tres obras recientes con la finalidad de facilitar la elección al lector. Las tres pertenecen a miembros del Top Ten Management Español, denominación con la que se conoce a los diez mayores expertos en gobiernos de las organizaciones de nuestro país.

Aprovechar lo que otros se han preocupado de estudiar, investigar y poner a nuestra disposición –eso que tenemos ahorramos– es una opción irrenunciable para seguir avanzando en el difícil arte de gobernar.


La soledad del directivo

Javier Fernández Aguado y José Aguilar López, socios-directores de Mind Value (www.mindvalue.com), compaginan su actividad profesional como consultores de Alta Dirección y coach, con labores docentes e investigadoras en varias de las más prestigiosas Escuelas de Negocio de nuestro país.

Ambos son autores de numerosos títulos, algunos de los cuales han sido traducidos, entre otros idiomas, al inglés, francés, italiano, portugués o finés.

En esta ocasión, la obra presentada choca por su originalidad: la soledad del directivo. El tema merece la pena, ya que como apuntan los autores, “la soledad no puede ser evitada por mucho equipo del que uno disponga. En cualquier caso, acudir a expertos, contrastar puntos de vista, reflexionar en compañía de otros, no sólo es conveniente, sino necesario e incluso imprescindible. Al final, con todo, cada uno ha de mirarse a sí mismo, y seleccionar la opción que considera acertada. Quien no es capaz de gestionar esa última soledad en la decisión de un puesto directivo, estará sometido a una presión añadida, y mostrará sus limitaciones como gobernante”.

El libro, dividido en cinco capítulos, comienza con una introducción histórica, tomando como ejemplo a Ricardo II, rey de Inglaterra durante veintidós años que acabó destronado en el año 1400 en Pontefract (Yorkshire).

Dos siglos más tarde, el monarca daría nombre a una tragedia shakesperiana, de la que se pueden extraer algunas lecciones de interés para entender la caída del rey inglés, que son de gran utilidad en el ámbito mercantil. Entre otras: el ascenso temprano el poder, el ansia de revancha, la ambición desmedida, el exceso de orgullo, o el culto de aduladores.

En la segunda parte se hace una clara distinción entre lo que es “mandar” y lo que es “gobernar”; entre lo que es “imponer” y lo que es “dirigir”; en definitiva, entre lo que los romanos calificaban como “potestas” y lo que calificaban como “auctoritas”.

En estas líneas se hace referencia expresa a un autor imprescindible, Erasmo de Rótterdam (1446-1536) y a algunas de las reflexiones de su obra La temprana educación liberal, como la importancia del ejemplo en la actividad directiva: “Ojalá, en la actualidad, no fueran vistos algunos a los que, si les quitaras el ornato real, desnudaras de los bienes que vienen de fuera y devolvieras a su propia piel, no encontrarías nada, excepto un distinguido jugador, un invicto bebedor, un cruel conquistador de la castidad, un taimadísmo impostor, un insaciable saqueador, un hombre cargado de prejuicios, sacrilegios, perfidias y toda clase de fechorías”.

Esta segunda parte se completa con un recorrido por algunas aportaciones históricas interesantes desde la época de la Revolución Industrial hasta nuestros días, para finalizar con un apartado dedicado a la “gestión del error” como pieza irrenunciable de la labor directiva: “Cuando éstos no surgen en el devenir de las organizaciones –dicen los autores–, algo malo está ocurriendo, porque gobernar, entre otras cosas, es aprender de las equivocaciones cometidas por personas que desean mejorar la organización y sus procesos”.

Ya en el tercer capítulo, los socios de Mind Value centran sus esfuerzos en el valor de “dirigir” y en algunos aspectos de notable interés en la dirección de empresas: la obsesión por la “potestas”, la importancia de la lealtad, la búsqueda de los mejores, la gestión de la prudencia, el acierto en las decisiones, los enemigos de las decisiones correctas, o el momento de la decisión.

Especialmente relevante es la sección que se refiere a la búsqueda de los mejores. La selección es el punto de partida de las entidades que triunfan. Rodearse de “mediocres” es una tentación grande a fin de no verse eclipsado por los subordinados, pero un tremendo error si uno llega a sucumbir a sus encantos: “quien se empeña en rodearse de mediocres es habitualmente un ramplón sin confianza en sus propias capacidades (…). De este modo, desdichadamente, se multiplican organizaciones de poca ambición, donde la máxima aspiración es permanecer en el puesto, con el menor posible y, por supuesto, sin innovar”.

En la cuarta parte, Javier Fernández Aguado y José Aguilar, entran en profundidad a lo que es el tema central del libro: la soledad.

Aristóteles afirmaba que “el hombre solitario o es una bestia o es un dios”; por ello, los autores, siguiendo al Estagirita, quien señalaba que la virtud es el término medio entre dos extremos, hacen una clara distinción entre lo que denominan la soledad “necesaria” y la soledad del “endosiado”.

Mientras el primer tipo es “saludable”, propio de aquél que sabe tomar distancia cada cierto tiempo y apartarse de la realidad para reflexionar y contemplar las cosas con más perspectiva, el segundo es fruto de un déficit de seguridad en uno mismo, que busca suplir las carencias en un campo con los éxitos en otro.

La soledad “buena”, señalan Javier y José, “permiten la reflexión sobre lo conseguido hasta el momento, tanto por la organización como por nosotros mismos (…). Si no se reflexiona sobre las cuestiones, al final sólo se es responsable de una manera superficial (…). Uno de los mejores modos de no llegar nunca a conocernos es poner la responsabilidad en todos sitios menos en nosotros mismos (…). Sin una soledad reflexiva todo sería imposible”.

La soledad “mala”, por el contrario, procede en no pocas ocasiones “de los comportamientos claramente equivocados del directivo. No es que esté solo, sino que ha provocado que las personas con quien trabaja se alejen. Un tipo de endiosamiento suele concretarse en lo que puede denominarse el directivo-mentiroso”.

Como todo proceso de cambio exige no sólo un “diagnóstico”, sino algunas indicaciones de “curación”, en la quinta y última parte, los autores describen algunos remedios contra la “soledad aislante”.

El primero de ellos es la amistad. Ahí es donde se puede encontrar el consejo desinteresado e incondicional que nos ayuda a mantener los pies en el suelo y buscar el perfeccionamiento de la persona por sí misma con independencia de otros intereses o intenciones: “entre las ventajas de la amistad se encuentra el hecho de que es la mejor herramienta para el cambio y la mejora personal. Los amigos nos mejoran al proponernos expectativas que nosotros ni nos atreveríamos a formular. Además, emplean la llave que les hemos prestado para entrar en nuestra intimidad y presentarnos planteamientos que no admitiríamos de ningún otro”.

Evadirse de los más cercanos acaba siendo una fuente de inestabilidad constante. Todos necesitamos esa madriguera que permita alejarnos de la fría realidad empresarial: “encontramos la raíz de la soledad más profunda del directivo en la renuncia expresa a los refugios afectivos a los que acudimos en otras circunstancias”.

Otra de las soluciones eficaces es el coaching. No hay buen juez en causa propia. Acudir a versiones ajenas proporciona objetividad y resta apasionamiento a los juicios: “el motivo de este fenómeno universal es que toda persona está ligada afectivamente a sí misma, y eso dificulta contemplarse con la imparcialidad precisa para tomar decisiones certeras”.

La alternativa del coaching más que una “posibilidad” es una imperiosa “necesidad” si uno aspira a ocupar puestos de gobierno. Quien no se mejora, acaba haciendo daño a los demás incluso sin darse cuenta.

El hombre no nace completo. Parte ya está hecho, pero un amplio margen queda por delante para realizarse. Se es y se hace. En este último punto el coaching tiene mucho que decir, ya que destapa inseguridades, las objetiva, y les intenta dar una solución a través de directrices interesantes que permitan desplegar la potencialidad de cada persona.


La lógica del corazón

La obra de Santiago Álvarez Mon, Profesor Ordinario de Dirección de Personas de la Escuela de Negocios IESE, publicada por Deusto, y que ha contado con la colaboración especial de María José Sánchez Yago, es el siguiente libro del docente después de Desde la adversidad (Prentice Hall, 2003).

La obra no es fruto de la casualidad sino que como dice el autor en la introducción: “sólo escribo cuando necesito decir algo, sólo dejo correr mi pluma cuando algo me corroe por dentro”.

La pregunta es obligada, ¿Cuáles son los motivos que han movido a Álvarez Mon ahora para esta nueva publicación?

La respuesta es directa: “si entonces el argumento central era el carácter, la disciplina, el músculo, el trabajo, el esfuerzo, la perseverancia (…) hoy la trama rueda en torno al placer, el gozo, la abundancia, la diversión, la pasión (…). El tiempo, el éxito, el proceso de aprendizaje, el sentido del humor, la dualidad persona-personaje, hacen valer de nuevo su peso y jerarquía, pero ésta vez al servicio de un sentido lúdico y entretenido de la vida. El fundamento último es rastrear las fuentes de la energía humana, perforar en nuestra particular oquedad y localizar el quid de esa gratificación extra que hace que nuestros ojos chispeen, nuestras manos aprieten, nuestra cabeza piense y nuestro corazón vibre”.

El texto busca reflexionar a cerca de la necesidad de dar sentido a nuestras carreras profesionales –cada uno la suya, no conviene ni imponer ni extrapolar modelos– y en las dificultades –propias o externas– para llegar a encontrar ese camino que todo ser humano anhela, que tiene al alcance de la mano, pero que en pocas ocasiones consigue realizar.

Merece dedicarle tiempo y esfuerzo a esta cuestión y, sobre todo, ser sincero con uno mismo para no dejarnos llevar por la última moda; por el contrario, su descuido y dejadez es un manantial permanente de insatisfacciones: “el mundo del trabajo, donde nos dejamos porciones generosas de nuestro tiempo, no puede permanecer ajeno a esta llamada. O hacemos de la empresa una realidad más afable y cordial, o los intereses devengados hipotecaran nuestro futuro”.

Como docente, asesor y consultor, Santiago aporta datos encima de la mesa en primera persona: “Sea una clase con un grupo de directivos, sea un grupo de trabajo más reducido –Comité de Dirección, equipo multidisciplinar…–, sea un mano a mano sorprendente y luminoso, son muchos los interlocutores a los que no les gusta el curso de su trabajo, a los que les desagrada íntimamente el derrotero de su proyecto vital”.

Parece que se cumple esa máxima que afirma que “el hombre no es feliz en el trabajo. Trabaja para ganar dinero y ser feliz en otras cosas”. Pocos son los privilegiados que han sabido dar sentido a su vida –muchas veces a contracorriente de las convicciones sociales, ¡qué gran mal éste!– y encontrar ese sitio en el que uno estaría dispuesto a hacer lo que hace sin atender especialmente a intereses crematísticos.

A lo largo de largo de dieciséis capítulos, Álvarez Mon transita por el camino que transcurre desde “la infancia a la madurez” con una serie de principios o paradigmas que constituyen el kit básico de supervivencia y donde el “corazón”, de ahí el título del libro, La lógica del corazón, es el motor que alimenta todos ellos: “el líder que marcha al frente, soñando, divisando y palpando campos más abiertos y sociales es el viejo y sufrido corazón humano. En su modestia e inteligencia pregunta y escucha a la razón, que en su sensibilidad y asombro responde sumisa. Enriquecido y completado con los avisos de la razón, ejercita una lógica sabia y resbaladiza para mentalidades excesivamente cartesianas”.

Cada uno de los paradigmas –prototipos o pautas intelectuales, emocionales o morales subyacentes que, de un modo u otro afectan a nuestro comportamiento habitual-, tiene su protagonismo en el libro y van recorriendo los distintos capítulos del libro con aportaciones personales interesantes de espectadores privilegiados del mundo de la empresa, del deporte y de las artes, como Juan Arena (Presidente de Bankinter), Muhammad Yunus (Fundador y Director Gerente del Banco Grameen), Marko Rupnik (Director del Centro Alleti en Roma), o Ángel Mahler (Músico de reconocido prestigio internacional).

En primer lugar, Álvarez Mon destaca la importancia del talento innato, como gracia natural y aptitud diferencial, a la que hay que prestar atención porque hay es donde probablemente uno esté en condiciones de dar lo mejor de sí mismo. Uno vez que es así, se puede acompañar el “deber” con el “placer”, para disfrutar con plenitud y no llevar la actividad laboral como una carga pesada.

La automotivación o compromiso con la causa, es un requisito sine qua non de la carrera profesional, porque sólo cuando así ocurre, se puede aterrizar allí donde uno soñó. La motivación es aquello que empuja hacia a la meta; que permite salvar obstáculos insalvables; que regatea contratiempos y desafía imprevistos; aquello que hace frente a los golpes bajos; que es capaz de alumbrar nuevos caminos y descubrir alternativas con el objetivo de alcanzar ese fin añorado. Motivación es simplemente llegar a ser lo que uno quiera ser; en definitiva, la esencia de la excelencia, porque si no existe, uno se limita a cubrir el expediente.

La importancia del equipo también tiene una trascendencia notable en el libro: “bien seleccionado, entrenado y armado, es una realidad infinitamente superior al yo individualista y limitado”.

No se olvida tampoco Álvarez Mon, de la necesidad de la soledad para reconocerse y encontrarse y así darlo todo: “solo podré participar de la sociedad si gestiono mi soledad, sólo conseguiré ilusionar y entusiasmar a los demás si encuentro y manipulo los resortes más íntimos de mi motivación”.

Uno de los aspectos más destacados por el autor es la gestión del error –el paradigma de la falibilidad- como estrategia irrenunciable de crecimiento personal y superación. En los obstáculos aprendemos a conocernos mejor a nosotros mismos al tiempo que se estiran los límites de la condición humana para sacar toda esa potencialidad que llevamos dentro.

Junto a ello, se proclama la “sabiduría de la inseguridad”, del cambio, del ambiente dinámico que empuja hacia delante y saca brillo a la persona frente al “conformismo” que aniquila los aspectos latentes del ser humano y le llevan a instalarse en la rutina, en lo cotidiano, en lo conocido.

También se presta atención a la necesidad de entender la paradójica condición humana, para de este modo objetivarla y con ello, mejorarla.

Frente al paradigma del “conformismo” se aboga por el “optimismo alentador”; una actitud loable en un mundo donde, al parecer, existen múltiples tentaciones para renunciar a crecer y aceptar con resignación la realidad que nos ha tocado vivir.

El negocio y el ocio se asocian hasta confundirse llegando a una relación íntima entre ambos. Trabajo y vacación, pueden llegar a ser las dos caras de la misma moneda cuando se encuentra el hueco en el que realizarse con plenitud.

La optimización del tiempo como defensor de la “calidad” sobre la “cantidad”, es explícitamente señalado como un valor importante, en el que lo relevante no es trabajar más sino trabajar mejor, en aras de una mayor calidad de vida, sabiendo que hay vida después del trabajo, y que de no ser así, el hombre se autodestruye.

El arte de dirigir es entendido como el arte de vivir –“no me fío de un directivo que no sea buena persona”, dice Santiago–, lo que representa la supremacía del paradigma del “ser” sobre el del mero “estar”.

Los sentimientos también ocupan un lugar destacado en la obra, donde el autor los rescata y apuesta por ellos, no sólo antes y después del trabajo, sino durante el mismo, como parte inseparable del hombre: “en la escuela por antonomasia, el análisis racional, la teoría sensata deben aprender a convivir con emociones y pasiones tradicionalmente acuarteladas que, una vez desatadas, muestran el verdadero y completo rostro del ser humano. Sin él, el retrato es incompleto, parcial y vano”.

La búsqueda espiritual se contempla como forma de alcanzar la armonía más profunda y la colaboración más plena, símbolo de la abundancia de la comunidad humana.

Por último, la originalidad o el “sé tú mismo”, es otro de los puntos que no pueden dejar pasarse por alto en esta obra. Muchas insatisfacciones proceden de la falta de autenticidad, del miedo a escribir la propia biografía personal. La necesidad de aprobación de los demás nos invade en multitud de ocasiones prescindiendo de lo que queremos ser. Álvarez Mon lo resuelve de un plumazo: “prefiero un error propio a un acierto ajeno”.


El triunfo del humanismo

Juan Carlos Cubeiro, socio de Eurotalent (www.eurotalent.net), prolífico escritor de libros y artículos, y profesor de diversas universidades y escuelas de negocios, utiliza las hojas de su último libro para establecer un paralelismo entre las habilidades necesarias para el gobierno de un reino –el de Carlos V– y las habilidades necesarias para el gobierno de una organización empresarial.

En clave de novela histórica –aquí reside parte de su originalidad-, El triunfo del humanismo, editada por Pearson Prentice Hall, es la siguiente obra de Cubeiro después de su trilogía (La sensación de fluidez, 2001; El bosque del líder, 2002; y En un lugar del talento, 2003), donde la ágil pluma del escritor fluye por lo más íntimo de cuatro personalidades de enorme influencia del siglo XVI: el sabio holandés Erasmo de Rótterdam, el canciller inglés Tomás Moro, el regente del reino de Castilla y arzobispo de Toledo, el Cardenal Francisco Jiménez de Cisneros, y el emperador Carlos V.

La obra, que cuenta con abundantes datos y referencias, toma como punto de partida el año 1517, momento en el que el joven Carlos V –apenas diecisiete años contaba entonces– toma las riendas del imperio español que durante cuatro décadas regirá los destinos de la mayor parte de Europa.

Para esta obra, Cubeiro cuenta con la estrecha colaboración de Leopoldo Bauluz, primer catedrático de Historia Alternativa de la universidad española, una disciplina consistente en analizar épocas relevantes de la historia haciendo un ejercicio de simulación basado en responder a la pregunta qué hubiese pasado si determinados detalles del pasado hubieran ocurrido de manera diferente.

“La historia no se puede cambiar”, sugiere Bauluz, “pero tal vez podamos aprender mucho más de ella si analizamos una opción mejor. Y tal vez, sólo tal vez, podamos aplicar esas enseñanzas a nuestro mundo, a nuestras organizaciones, a nosotros mismos”.

El análisis de Cubeiro es un resumen de los descubrimientos encontrados por Bauluz, de lo que (realmente) ocurrió y de lo que pudo haber cambiado ciertas cosas, si en los inicios del reinado de Carlos V, Erasmo de Rótterdam hubiera venido a España aceptando la invitación del cardenal Cisneros y manteniendo la relación fraternal con Tomás Moro. De haberse producido esta circunstancia histórica de primera mitad del siglo XVI, habría surgido lo que Juan Carlos Cubeiro denomina “el triunfo del Humanismo”.

El libro se encuentra estructurado en trece capítulos, de los que se extraen trece principios de management a partir de la evolución histórica de estos cuatro personajes.

En primer lugar, se hace referencia a la primacía de la labor del equipo sobre la fría actividad individual. La invitación en 1517 del Cardenal Cisneros a Erasmo para viajar a la Universidad de Alcalá de Henares y editar la Biblioteca Políglota Complutense representa el momento estelar de la novela sobre el que discurre el resto de la obra.

De haberse producido ese viaje, hubiesen coincidido “un pensador brillante (…) -símbolo de la prudencia-; un hombre íntegro dotado para las relaciones (…) –símbolo de la justicia-; un experimentado gestor minucioso (…) –símbolo de la templanza-; y el que sería el hombre más poderoso de su tiempo, con apenas diecisiete –símbolo de la fortaleza-. Cuatro humanistas que, si bien consiguieron enormes logros, podrían haber cambiado el futuro de la humanidad de haber actuado juntos, en equipo”.

Erasmo, como sabio, tenía grandes pensamientos en la cabeza, sin embargo, las posibilidades de calar en las voluntades ajenas dependen en gran medida de las posibilidades de ejercer influencia sobre las mismas. De otro modo, el éxito es limitado. De ello se lamenta Cubiero al hablar del de Rótterdam: “las ideas humanistas de Erasmo eran espléndidas, pero no lograron encender la civilización occidental. Las guerras son continuas, la educación no ocupa el lugar que merece y con frecuencia se prefieren las soluciones ramplonas del maquiavelismo a la ética y la auténtica virtud”.

Otros de los puntos destacables del libro de Juan Carlos es la importancia del entorno como facilitador (entorpecedor) de la liberación (aniquilación) del talento. Si uno se rodea de mediocres, se estropea; si se rodea de grandes profesionales, crece: “en condiciones adecuadas (…) las personas aprovechan mucho mejor sus capacidades, optimizando sus compromisos. En entornos tóxicos, el talento individual se desaprovecha. El talento aflora o se desvanece según las circunstancias”.

Uno de los temas más interesantes, es el relativo a los grupos de poder dominantes en las organizaciones. Prestar atención a los mismos es vital ya que “sirven a sus propios intereses. Toda propuesta, por buena que sea, si según la percepción del grupo de poder no supone una mejora para éste, será torpedeada sin piedad”.

La integridad y la ética –aspectos éstos de notable protagonismo en los foros actuales-, también son señalados explícitamente y reconocidos como valores intrínsecos al buen dirigente (humanista): “no hay ningún príncipe [directivo] bueno”, dice Erasmo, “si no es un buen hombre”. Y añade: “es propio del príncipe aventajar a los demás en integridad y prudencia”.

Junto a ello, el ejemplo de quien ocupa puestos de responsabilidad adquiere un especial significado. Verba movent, exempla trahunt. Las palabras mueven, los ejemplos arrastran. El gobernante siempre debe ir un paso por delante del resto. Se seduce y conquista con actos concretos; coherencia entre discurso y conducta; complicidad entre teoría y práctica; hermanamiento entre palabras y hechos. La inconsistencia entre lo que uno dice y hace debilita la construcción de valores.

Asimismo, la cercanía y compromiso del líder son subrayados como aspectos relevantes del buen hacer directivo: “Carlos V fue un firme partidario del contacto con la gente, de la presencia del Emperador donde se le necesitase, de atender en primera persona y sin intermediarios”. El líder es siempre un referente para los subordinados: “En Madrid había convocado de nuevo Cortes. En ellas se personó el propio Carlos V, pues iba a luchar en el Mediterráneo contra el pirata Barbarroja”.

Uno de los puntos más interesantes señalados en la obra, es la necesidad de que el directivo, a pesar de su posición, sea prudente, porque el exceso de ambición es una de las principales amenazas en el ejercicio del gobierno: “toda fortaleza puede convertirse en compulsión si se lleva demasiado lejos. El éxito puede emborrachar como el alcohol y, ante la sensación de sentirse invencible, el líder puede embarcarse en confrontaciones teóricamente asequibles, pero en realidad signifiquen graves derrotas”. Esto fue lo que ocurrió a Carlos V durante la invasión del reino de Francia contra Francisco I, “eterno violador de la paz”, en julio de 1536.

El Emperador venía de derrotar triunfalmente un año antes a Barbarroja en Túnez y se sentía superior; sus ansias de conquista se volvieron en su contra: “pensaba tomar Marsella, pero llegaron varias malas noticias: no podía contar con la armada Doria por los abastecimientos, las tropas de Flandes no avanzaban, el marqués de Vasto había sido derrotado en Arlés y en Italia los franceses podían tomar Génova”.

La idea de que “los buenos líderes se precisan en los momentos difíciles porque en los buenos momentos todos los líderes son excelentes” también la expresa Juan Carlos Cubeiro refiriéndose a la muerte en 1539 de la esposa de Carlos V, la Emperatriz Isabel de Portugal: “la Emperatriz fue una prenda de paz con la Corona de Portugal, una eficaz colaboradora en asuntos de Estado, una madre ejemplar”.

Un aspecto habitualmente olvidado en las organizaciones es la sucesión de los puestos de mando; sin embargo, no debería dejarse esta cuestión en manos del azar y diseñarse minuciosamente. Preparar a quienes tomarán el timón de la nave en los años venideros es una labor irrenunciable de las cabezas directivas si no se quiere que aquello que ha costado tanto construir se venga abajo rápidamente: “ningún padre en la historia pudo haber sido más cuidadoso y temeroso por la salud corporal y espiritual de su hijo que Carlos V”.

Otra de las lecciones que nos descubre Cubeiro es la de la sabiduría a la hora de saber alejarse de los puestos mando; retirarse a tiempo y no perpetuarse en el puesto demuestra inteligencia. A mitad de siglo, Carlos V entendió que había llegado su momento, y toma una decisión que venía madurando desde hacía tiempo, dejar el poder en manos de su hijo Felipe: “la última grandeza del líder es abandonar el poder antes de que el destino le obligue a ello. Ha de tener la suficiente previsión, generosidad y humildad como para preparar a la siguiente generación y cederle el testigo cuando las circunstancias lo aconsejen”.

Por último, el autor reclama la necesidad de un liderazgo humanista que busca, entre otras cosas, hacer de la vida una obra de arte, donde la ética, la libertad, el diálogo, la búsqueda de la paz o el equilibrio de las emociones son coordinadas imprescindibles para el ejercicio del buen gobierno.

En resumen, tres libros imprescindibles con características muy singulares que permiten profundizar, mejorar, y reflexionar sobre aspectos de gran actualidad e interés a cerca de la ciencia del management y de la propia vida.

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